Cuando la gracia te alcanza
Agosto 10, 20251 Timoteo 1:12–17
Doy gracias al que me fortalece, Cristo Jesús nuestro Señor, pues me consideró digno de confianza al ponerme a su servicio. Anteriormente, yo era un blasfemo, un perseguidor y un insolente; pero Dios tuvo misericordia de mí porque yo era un incrédulo y actuaba con ignorancia. Pero la gracia de nuestro Señor se derramó sobre mí con abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús…
Un antes y un después llamado gracia
Para entender el impacto de estas palabras del apóstol Pablo, tenemos que mirar quién fue él antes de conocer a Cristo.
Pablo —antes Saulo de Tarso— fue un hombre profundamente religioso, celoso de las tradiciones de sus ancestros, y tan apasionado por su fe judía que se convirtió en el perseguidor más feroz de la Iglesia naciente.
No fue un opositor pasivo. Hechos 8:3 nos dice que “causaba estragos en la iglesia”, entrando de casa en casa, arrestando a hombres y mujeres. Incluso aprobó la muerte de Esteban, el primer mártir cristiano.
En sus propias palabras:
“Perseguí a muerte a los seguidores de este Camino… mi obsesión contra ellos me llevaba al extremo de perseguirlos incluso en ciudades del extranjero” (Hechos 22:4; 26:10-11).
Pablo creía estar sirviendo a Dios, pero en realidad estaba ciego por su incredulidad e ignorancia.
El día en que la gracia lo alcanzó
Todo cambió en el camino a Damasco (Hechos 9:1-5). Una luz del cielo lo rodeó y una voz le habló:
—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
—¿Quién eres, Señor?
—Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
Ese encuentro no fue un accidente; fue la gracia de Dios irrumpiendo en su vida.
Lo que la gracia produce
Pablo reconoce tres cosas en 1 Timoteo 1:12-14:
-
Agradecimiento – “Doy gracias al que me fortalece…”
Cuando la gracia te alcanza, lo primero que nace es gratitud. -
Reconocimiento de indignidad – “El me consideró digno de confianza…”
La gracia no es un premio al mérito, sino un regalo inmerecido. No nos hace grandes, sino humildes. -
Transformación – “Anteriormente, yo era… pero la gracia se derramó sobre mí…”
La gracia no solo perdona; cambia la dirección de tu vida.
Si Dios lo hizo con Pablo…
Pablo se describe como “el primero de los pecadores” para que entendamos que, si Dios tuvo misericordia de él, puede tenerla con cualquiera.
No importa si tu pasado es marcado por el pecado más evidente o por una “buena moral” vacía de relación con Dios. Estar perdido significa estar lejos del Padre, sin importar las apariencias.
¿Y nosotros?
Todos, de una forma u otra, hemos sido alcanzados por la gracia. Y muchas veces esa gracia nos sigue rescatando día tras día.
Tal vez hoy te sientes indigno, atrapado en errores pasados, o simplemente vacío. La gracia de Dios es para ti. Como dice Juan 3:16:
“Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.”
La misma gracia que transformó a Pablo puede transformar tu vida.
“Pero la gracia de nuestro Señor se derramó sobre mí con abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús” (1 Timoteo 1:14).
¿Recuerdas el momento en que la gracia de Dios te alcanzó? Cuéntalo y anima a otros con tu testimonio.
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