Lo que tengo, te doy
Agosto 09, 2025Hechos 3:1–10
Pedro y Juan iban al templo a la hora de la oración. En la puerta, llamada la Hermosa, un hombre cojo desde su nacimiento esperaba lo mismo que todos los días: una limosna. Esa era su rutina, su única manera de sobrevivir. La Biblia nos dice que lo ponían allí diariamente para pedir a los que entraban.
Dos mundos se encontraron:
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Pedro y Juan: Caminaban con propósito, buscando al Señor.
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El cojo: Vivía resignado a recibir solo lo que la gente pudiera darle.
Este hombre había nacido así. Desde el primer día de su vida, su condición limitó sus oportunidades. Y aunque estaba tan cerca del templo, estaba lejos de la verdadera vida que Dios podía darle.
A veces pensamos que ciertas cosas nunca cambiarán, que debemos aceptarlas como parte de nuestra historia. Pero Dios, muchas veces, tiene otra respuesta: lo imposible para nosotros es el escenario perfecto para que Él manifieste Su gloria (Juan 9:3).
El valor de lo que no tengo
Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro” (Hechos 3:6).
Para cualquiera, eso sería una decepción. El mendigo esperaba dinero. Y no es raro: la mayoría de la gente cree que el dinero es la solución a sus problemas. Es cierto que con dinero se resuelven cosas materiales, pero el amor al dinero es raíz de todo mal (1 Timoteo 6:10).
Hoy, muchos buscan en la iglesia lo que el diablo le ofreció a Jesús: poder, éxito y gloria terrenal (Mateo 4:8–9). Sin embargo, una iglesia puede creerse rica como Laodicea (Apocalipsis 3:17) y estar en la miseria espiritual, o ser pobre en lo material como Esmirna (Apocalipsis 2:9) y, sin embargo, ser rica en lo que realmente importa.
El valor de lo que sí tengo
Pedro continúa: “Pero lo que tengo, te doy: en el nombre de Jesucristo, ¡anda!”
Pedro y Juan sabían quiénes eran y qué llevaban por dentro: la presencia viva de Cristo. No ofrecían fórmulas humanas, motivación pasajera o mensajes para el ego. Ellos impartían vida.
Y es aquí donde debemos detenernos:
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¿Somos conscientes de lo que Dios ha depositado en nosotros?
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¿O vivimos como mendigos espirituales, esperando siempre que otros nos den algo para sobrevivir?
La iglesia no está llamada a depender del “oro y la plata” del mundo, sino a manifestar las riquezas de la gracia de Cristo. Y lo que viene de Dios no se compra (Hechos 8:20–21, Isaías 55:1).
La gloria que transforma
Pedro tomó al cojo de la mano, y al instante sus pies cobraron fuerza. Comenzó a caminar, saltar y alabar a Dios (Hechos 3:8). Todo el pueblo lo vio y se asombró.
Pedro fue claro: “No es por nuestro poder o piedad, sino por la fe en el nombre de Jesús” (Hechos 3:12,16).
El milagro no solo sanó un cuerpo; abrió los ojos de una comunidad para glorificar a Dios.
Reflexión final
Hay una gran diferencia entre vivir esperando que el mundo nos dé algo y vivir conscientes de que llevamos al Cristo glorioso dentro de nosotros.
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Lo que el mundo puede dar es limitado y pasajero.
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Lo que Dios da es eterno y transformador.
La pregunta es:
¿Estamos viviendo como mendigos espirituales… o como portadores de la presencia de Cristo?
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